¿Soy yo… o las compras online nos han vuelto un poco loc@s?
Soy yo, ¿o vosotros también tenéis la misma sensación? Después del Covid me volví una auténtica adicta a las compras online, y es que solo veía beneficios. Vamos a ver: desde el sofá, con el pijama de ositos y un café en mano, compras. No puede ser más cómodo. Nada de trasladarte, aguantar a la gente y sus chillidos de borrego desbocado en los centros comerciales, ni buscar a alguien que “trabaje” (y quiera trabajar) para que te ayude a encontrar la talla… Y luego, encima, tener que dar las gracias por haberte mirado con cara de “perdona que te moleste en tu ratito zen detrás del mostrador”.
En fin, que me voy por las ramas como siempre.
Lo que vengo a decir es que llevo desde principio de verano (y eso que adoro la ropa de verano) sin encontrar nada digno. Es decir, antes llenaba mi wishlist, incluso mi cesta de la compra, y soñaba con comprarlo todo… o, ya puestos, que un día por arte de magia alguien me lo regalara. JAJA. Pero nada. Este verano, ni un mísero vestido digno de entrar en mi armario.
El drama del carrito vacío
Antes, mi carrito online parecía la lista de invitados de una boda gitana: largo, interminable y lleno de personajes de lo más variopinto. Ahora, en cambio, me meto en Zara, Mango o Asos y lo único que consigo es frustración y scroll infinito.
Todo lo que veo me parece repetido, aburrido o de esos tejidos que ya con mirarlos sabes que te harán sudar como si estuvieras en una sauna finlandesa. Y claro, una ya no tiene edad para jugársela con las transparencias involuntarias en pleno agosto.
¿Y si soy yo la rara?
Porque me planteo: ¿será que estoy demasiado exquisita? ¿Que de repente me he creído editora de Vogue y ya no me vale cualquier cosa? Puede ser… pero también puede ser que las marcas se hayan puesto todas de acuerdo en lanzar la misma faldita cut out de poliéster, solo que en distinto color. Bravo, chicas, creatividad a tope.
Y ojo, que no es que no me guste comprar. ¡Me encanta! El problema es que antes me ilusionaba añadir cosas a la cesta aunque no las comprara. Ahora ni eso. Mi lista de deseos parece un erial postapocalíptico.
La paradoja fashionista
Lo más gracioso es que, cuanto más me quejo de que no encuentro nada, más tiempo paso buscando. Abro veinte pestañas, hago filtros por talla, por color, por precio, y al final… ¡nada! Bueno sí, unas sandalias que son prácticamente iguales a las que ya tengo.
Al final termino pensando: “¿de verdad necesito algo más, o es puro aburrimiento?”. Porque admitámoslo: a veces no compramos porque lo necesitemos, sino porque nos da un subidón de dopamina ver que el mensajero llama a la puerta con nuestro paquetito.
Conclusión (provisional, porque seguro volveré a caer)
Resumiendo: este verano y iniceo de otoño estoy en sequía estilística. No sé si es la moda, si soy yo, o si el universo me está mandando una señal de que ya tengo ropa de sobra. Lo que sí sé es que, aunque critique las compras online, seguiré dándole a “añadir a la cesta” como si no hubiera un mañana… porque, admitámoslo, ¿qué sería de nosotras sin ese pequeño drama fashionista que nos da vidilla?
Así que me tocara dejar aparcado el pijama de ositos, ponerme mis mejores galas o quizás la ropa de ir a la guerra y armarme de valor y ir a las tiendas quizás ahí pueda cazar una pieza suculenta.
ah por cierto! si os gustà las tendencias de moda y estais interesad@s en saber que paso en la pasarela Copenhague os dejo en enlace 😉
Y vosotr@s, ¿también estáis en huelga involuntaria de ropa nueva o soy yo la única que se siente en un eterno “no me convence nada”?



